Destacamos

Cristina, hija de Lavrans.

[Undset, Sigrid (2007). Cristina, hija de Lavrans. Madrid: Ediciones Encuentro, 1223 pp.]

Una de las cumbres de la narrativa histórica del pasado siglo, Cristina, hija de Lavrans (1920-1922) traza la vida de una mujer en la Noruega del siglo XIV, época convulsa por las luchas dinásticas, el paganismo renuente a la irradiación de los valores cristianos y las rígidas normas sociales, cuyo quebrantamiento arrastraba consecuencias trágicas. Así, al tiempo que exhibe un magnífico tapiz del mundo medieval escandinavo, la novela sondea los conflictos humanos, morales y religiosos que se cernirán sobre la protagonista y su familia, manteniendo vivo el pulso narrativo a lo largo de sus más de mil páginas.

Dividida en tres partes –la corona, la mujer y la cruz–, sigue la historia de Cristina, hija de un hacendado de orígenes nobiliarios, desde su nacimiento hasta su muerte. Pese a estar concluida en 1922 (annus mirabilis del Modernism, cuando Joyce publica Ulysses y T. S. Eliot The Waste Land) y ser Undset buena conocedora de la narrativa inglesa, nuestra novela posee una estructura tradicional, propia de la novela realista decimonónica: narrador único y omnisciente –en tercera persona–, uso de capítulos, progresión temporal lineal, foco central en un protagonista respecto al cual orbitan una constelación de personajes secundarios…

Con todo, Undset, calificada por la crítica como la “Zola de la Edad Media” discrepa en su realismo del naturalismo decimonónico y del new awakening de las letras escandinavas –G. Brandes e Ibsen–, caracterizados por su positivismo y su permanecer amarrados a la tierra (fisiología, determinismo socio-cultural…). Undset impugna las doctrinas entonces imperantes –socialismo doctrinario y filantropismos de todo cuño– “porque se obstinaban en no considerar a la naturaleza humana tal como ella es en realidad. Partían del supuesto de que el género humano tenía que progresar, cambiándose en algo distinto de lo que era. Yo, que me había alimentado de prehistoria y de historia, no creía gran cosa en el progreso” (Lázaro Ros, Prólogo a S. Undset, Obras escogidas. Madrid: Aguilar, 1958, p. 23).

Es justamente este amor por la persona y el claroscuro de su potencialidad, su libertad responsable, lo que encaminará a nuestra autora del agnosticismo a la fe católica, en la que será bautizará en 1924. Si Marx, Nietzsche y Freud habían socavado la ilusión positivista, descubriendo en el hombre realidades sombrías (alienación, voluntad de poder, inconsciente y libido), Undset supera tanto el reduccionismo positivista como la unilateralidad de los filósofos de la sospecha. Para un espíritu alerta, atento a la experiencia propia y ajena, es palmaria la existencia del mal. Como ha recalcado George Steiner, “[Joseph de Maistre] comprendió algo fundamental: La Ilustración es esencialmente el intento pretendido y consciente de anular la realidad del pecado original, de negar la Caída. Por eso toda crítica de la Ilustración tiene que pasar por intentar restituir la noción de la caída original.” (en Nuestro tiempo, nº 547-548, 2000, p. 25).

Cristina, hija de Lavrans acoge en sus páginas toda la plasticidad humana, donde se contrapuntean la llamada al bien y la terca presencia del mal (llámesele pecado, yerro o injusticia). Entre sus páginas afloran la voluntad de poder –en torno al disputado trono del rey Magnus–, la seducción de las riquezas –corte real, señorío de Husaby–, el amor –de amistad, paternal o filial–, la infidelidad –matrimonial, señorial–. La pasión y el sexo son también abordados con sinceridad, con un tratamiento diáfano que, alejado del puritanismo, se acerca a D.H. Lawrence, aunque atenuando su crudeza. Y, junto a la desazón del mal, la redención, la liberación del pecado por el perdón (humano y divino). De esta manera, el enigma de la culpa recorre subterráneamente toda la novela, entroncando así con la obra de Dostoievski.

El trasfondo histórico, que nunca ahoga la trama narrativa, es fidedigno, destacando junto a otras figuras la pacificación del difunto rey Haakon, así como el reinado de Magnus sobre Escandinavia o el azote de la Peste Negra. Con todo, la verosimilitud del relato no la otorga tal o cual personaje histórico, sino la novela en su conjunto, con sus localizaciones reales y, sobre todo, la plasmación genuina del marco social y cultural: usos y costumbres civiles y religiosas, leyes, edificaciones, vestidos, herramientas, cocina y modos de vida de la época, tanto de la nobleza como de los eclesiásticos, el campesinado y las clases más bajas. Undset, hija de un prestigioso catedrático de arqueología, heredó de él su inclinación por la historia, sobre la que escribió varios estudios.

Mérito especial de la autora es la importancia que concede al simbolismo y la alegoría, que fecundan toda la hermenéutica medieval –en especial la bíblica– y son piedra de toque de su arte y literatura, como ilustra la Commedia dantesca. La vida como río que avanza inexorable y que, al mismo tiempo, arrastra el polvo de las generaciones, asoma a lo largo de la narración. La corona –llevada por las doncellas noruegas en su boda como símbolo de virginidad– es el título de la primera parte de la novela; la cruz será el marco de la tercera y última parte. Los anillos –el tercer anillo que Lavrans regala a su mujer, la marca del anillo de bodas de Cristina en su dedo–, con el significado de alianza que conllevan, dotan a las escenas de una intensidad memorable. Igualmente, la autora noruega muestra la trascendencia que otorgaba el Medioevo a los vestidos y a los objetos de valor.

De esta manera, nuestra novela está transida del humanismo que la autora propugnó a lo largo de su vida, que le llevó a abanderar la importancia capital de la mujer en la sociedad o de la libertad frente al nacionalsocialismo (por lo que tuvo que exiliarse ante la ocupación nazi de Noruega). Y es esta defensa esperanzada de la persona –pese a la certeza de sus fallas– lo que dota a la novela de su grandeza. El talento narrativo de Undset sumerge así al lector en una Edad Media realista –frente al idealismo de Ivanhoe, El señor de Bembibre u otras novelas del siglo XIX–, apasionada, donde la santidad y la quiebra luchan a brazo partido en el corazón de la persona, esperando vencedor.

Dr. Enrique Sánchez Costa (Coordinador y Profesor a Tiempo Completo del Departamento de Español en la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra, en Santo Domingo).