La Pasión de Cristo (Mel Gibson, 2004)
 

 

 

 

 
 

 

Por José María Caparrós (Catedrático emérito de Historia Contemporánea y Cine de la Universidad de Barcelona y Fundador del Centre d'Investigacions Film-Història. Blog personal). Crítica publicada en El Periódico de Catalunya, 11/IV/2004.

 

La Pasión de Cristo, de Mel Gibson, es una obra artística conmovedora, aunque no está exenta de efectismos. No hay indicios en ella de antisemitismo sino que, al contrario, aboga por el perdón

Sin ánimo alguno de enmendar la plana a los competentes críticos de cine de este diario, me gustaría tratar de la polémica película de Mel Gibson desde el punto de vista fílmico-histórico –que es mi terreno profesional– pero no teológico, porque doctores tiene la Iglesia. 

Ante todo, el nuevo filme producido y dirigido este célebre actor neoyorquino destaca por su cuidada puesta en escena. Entre las numerosas películas sobre la pasión de Cristo que han visto la luz después de las siete primeras rodadas en 1897 (según el inventario de la tesis de Montserrat Claveras, Jesucrist a través del cinema), la obra de Gibson se situaría junto a las mejores. Es obvio: ha sido acometida con enorme gusto estético y posee un guión técnico riguroso, aunque limitado a las 12 últimas horas de la vida de Jesús de Nazaret en la tierra. 

No obstante, me ha extrañado que en los títulos de crédito no se mencione la fuente secundaria del guión coescrito por Gibson: las revelaciones particulares que tuvo la mística alemana Ana Catalina Emmerich (1774-1824), publicadas en su libro La Dolorosa Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, que como ocurre con esta clase de comunicaciones sirven a la persona interesada pero no necesariamente a las demás.

The Passion of the Christ ha sido acusada de antisemita. Personalmente, no he apreciado el más mínimo ataque o crítica subrepticia al pueblo judío. Y me he preguntado si no será porque estamos ante una versión realizada por productores ajenos a los profesionales que controlan el negocio cinematográfico estadounidense (puede consultarse a este respecto el libro de Neal Gabler, An Empire of their Own. How the Jews Invented Hollywood). Gibson, oscarizado en 1995 por Braveheart, siempre fue un poco marginal en la Meca del Cine.

Resulta muy convincente la banda sonora del filme –hablada en arameo y latín–, con unos diálogos sólo subtitulados que imprimen mayor realismo al conocido relato. En cambio, la banda musical tiene un ligero sabor efectista, aunque sirve para añadir fuerza a la narración. El montaje analítico, los bien ensamblados flash-backs, el ritmo mantenido y la ambientación están muy logrados. 

Rodada en escenarios naturales y reconstruidos –en el sur de Italia y en los estudios romanos de Cinecittà–, uno se siente metido en los parajes y calles de Jerusalén, con gran realismo también en los decorados y vestuarios. Mel Gibson merece un sobresaliente en este apartado.

Otra de las cualidades de la película es la interpretación: Jim Caviezel encarna al Jesucristo más creíble que se ha visto en la pantalla, con una iconografía inspirada en Caravaggio. También resultan muy conseguidas las figuras de Poncio Pilato, Simón Pedro, Simón de Cirene, María Magdalena y María, la madre de Jesús. La secuencia central, la del Calvario, es una de las mejores jamás filmadas. La profunda mirada de Jesús interpela a todos los personajes y golpea al espectador.

Sin embargo, La Pasión de Cristo posee un punto discutible: en su buscado hiperrealismo, incide en la violencia. No elimina con la elipsis las brutalidades de las situaciones límite, sabidas por los cuatro Evangelios. La sangre del protagonista parece salpicar al público, que queda impactado ante la flagelación, subida al Calvario y muerte en la cruz. No obstante, está muy en la línea de los tradicionales vía crucis o algunas procesiones de Semana Santa. Lo que ocurre es que nadie se había atrevido a ponerlo en imágenes con tanto realismo. Aquí –como refería un colega– no hay espectáculo, hay sufrimiento. 

Ciertamente, se trata de una obra artística conmovedora, no exenta de efectismos, pero que aboga por la paz y el perdón, a la vez que contextualiza el entramado político de aquel histórico proceso. Por tanto, los sentimientos que provoca la película en el sufriente espectador son de verdadera hondura emocional, moviéndole a reflexionar íntimamente sobre la misión de Cristo en el mundo. El mismo Gibson afirmaría: “Mi mayor esperanza es que el mensaje de esta historia de tremendo coraje y sacrificio pueda inspirar tolerancia, amor y perdón”. 

Otra cosa es la insólita comercialización que los norteamericanos están promoviendo con un filme que está batiendo récords taquilleros (prevén llegar a 400 millones de dólares en Estados Unidos cuando sólo costó 30). Pero eso ya es un fenómeno sociológico que nos excede. 

“Realmente, quería expresar la magnitud del sacrificio, al mismo tiempo que su horror. Pero también quería una película que tuviera momentos de verdadero lirismo y belleza, y un permanente sentimiento de amor porque, a fin de cuentas, es una historia de fe, esperanza y amor”. Es el argumento que utiliza Gibson para justificar el filme.

La extrema crudeza de algunas escenas pone reservas a la película para un público menor. Sólo los adolescentes y adultos podrán gozar de esta reconstitución histórica del arte cinematográfico.