Destacamos

El Gatopardo.

[Lampedusa, Giuseppe Tomasi di (2006). El Gatopardo. Madrid: Cátedra, 288 pp.]

Canto de cisne de la aristocracia siciliana, El Gatopardo narra las vicisitudes de Don Fabrizio, Príncipe de Salina, ante la irrupción de los Camisas Rojas garibaldinos. La novela única de Lampedusa, que plantea una hermenéutica del Risorgimento desde la mirada de un noble desencantado, devendría pronto clásico de las letras italianas. El tapiz histórico que despliega es clarividente; su prosa, deslumbrante de principio a fin. Nunca una elección estilística –la narración decimonónica, ajena a la pirotecnia vanguardista– sirvió tan bien al propósito del relato, esto es, el enjuiciamiento de las nuevas transformaciones (“la sorprendente aceleración de la historia”) desde el inmovilismo del ancien régime.

El estilo refrenda dicha pasividad con toda suerte de recursos: la preferencia por el uso de formas verbales de pasado, que sugieren estatismo; por la oración subordinada, fluyente, de períodos largos, cuyos meandros evitan el camino derecho y, por tanto, la progresión. La narración es eclipsada por la descripción de estados interiores; importa no tanto lo contemplando cuanto el contemplador. En ocasiones, entreverada la voz del narrador externo con los pensamientos del príncipe, la novela asume un tono sentencioso, epigramático. Un objeto trivial, un comentario anodino desencadenan una catarata de impresiones en el contemplador, cuya experiencia destila en agudezas inesperadas: así, se habla del “amor. Fuego y llamas durante un año, cenizas durante treinta”, o de la avidez de “poder, es decir, como es costumbre, de ocio”.

Nuestra ficción, que puede adscribirse al género de la novela histórica, está empapada de lirismo. Las imágenes asoman por doquier, comenzando por el título mismo del libro, el guepardo rampante del escudo familiar, que encuentra a su vez correspondencia paródica en Bendicò, el fiel perro con el que se abre y clausura la novela. Como ha sabido plasmar Visconti en su adaptación fílmica, el polvo de los caminos, el barniz del mobiliario o la tierra siciliana incendiada de sol hablan por sí solos. Otros rasgos poéticos de nuestra novela son la adjetivación audaz –“frenética luz siciliana”–, en ocasiones metafórica, o el ritmo de la prosa, la cadencia siempre bella de la frase. Ciñéndolo todo, la construcción medida del conjunto, el virtuosismo del autor que ha sabido contrapuntear los elementos de la novela creando resonancias interiores y paralelismos.

Políticamente, la estimación del Risorgimento es ambigua, tamizada por el interés del príncipe por preservar su casta social, así como por la desesperanza que atenaza todas sus apreciaciones. De esta manera, y por encima del análisis económico, se destaca la extinción de la nobleza, pues la revolución es en el fondo “una imperceptible sustitución de capas sociales”. De ahí el leitmotiv de la novela: “Si queremos que todo siga como está es preciso que todo cambie”, como una balsa que, tras volcar, da una vuelta completa y acaba en la posición inicial. Lampedusa juzga la insurrección fruto de la codicia de segundones que anhelan la púrpura del poder y sus privilegios económicos. Y la despoja de gloria: se trata, al cabo, de “una comedia, una ruidosa y romántica comedia con alguna manchita de sangre sobre el bufonesco disfraz”.

Y, presidiéndolo todo, el tiempo, la carcoma lenta pero inexorable de toda belleza terrena. El ubi sunt?, la vanitas vanitatis asoman a cada momento. La amargura del viejo narrador se viste de ironía, de sarcasmo: “En el techo los dioses, reclinados sobre dorados escaños, miraban hacia abajo sonrientes e inexorables como el cielo de verano. Creíanse eternos: una bomba fabricada en Pittsburg, Penn., demostraría en 1943 lo contrario”. Pues, a la postre, tenía razón Manrique con sus coplas, Valdés Leal con sus retratos. Más allá del jolgorio juvenil, del “recíproco abrazo de aquellos cuerpos destinados a la muerte”, el porvenir acecha, “formado solamente de humo y viento”. Es una lástima que el humanismo de Lampedusa permanezca ayuno de trascendencia. Pero, aunque el más allá no reciba atención en la novela, la radiografía que hace Lampedusa de la pompa aristocrática es exacta. “Allí van los señoríos | derechos a se acabar | e consumir”…     

Dr. Enrique Sánchez Costa (Coordinador y Profesor a Tiempo Completo del Departamento de Español en la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra, en Santo Domingo).

 

Otras novelas destacadas:

Undset, Sigrid (2007). Cristina, hija de Lavrans. Madrid: Ediciones Encuentro, 1223 pp.