Clío entre los Filósofos

En la historiografía ilustrada se dan importantes continuidades evolutivas con respecto a la de la etapa renacentista-barroca: el avance de la erudición (Muratori es una de las cimas), la muy marcada orientación educativa de la historia, su enfoque teleológico, el relativismo cultural, la autoría de hombres cultural y socialmente relevantes, (juristas bibliotecarios, publicistas y profesores), su difusión a grupos urbanos relativamente extendidos –aunque siguen siendo minoritarios–, favorecida por el estilo de los grandes divulgadores, como Hume y Voltaire; su gran atención a la historia nacional.

Pero en la historia que se escribe en el siglo de las Luces no son menos destacables sus facetas innovadoras. Por algo nos produce la sensación de una forma de aproximarnos al pasado bastante próxima ya, en varios sentidos, a nuestras concepciones actuales. Las transformaciones más importantes podrían sintetizarse, tal vez, en tres aspectos, que expondremos a continuación y que se reducen, quizás, a la convicción de que los cambios sociopolíticos hacia formas más satisfactorias (con mayor libertad y racionalidad) pueden y deben ser favorecidos por reflexiones de sustancia histórica (“discursos”, “consideraciones”, “ensayos”) nutridas de una sólida erudición que se plasma en notas a pie de página.

Cabe distinguir, como uno de los aspectos claves y diferenciadores, la clara y confiada afirmación del progreso de la humanidad hacia la perfección y la felicidad intramundanas (Voltaire, Gibbon) como hilo conductor de la historia; como síntesis del pasado y consoladora fe filosófica (por la historia transcurrida y para la historia que cabe esperar). Una afirmación que se desliga arriesgadamente, en bastantes casos, de la Providencia como garante del progreso.

Otro aspecto innovador: los esfuerzos por configurar, a partir de los datos históricos conocidos (cuya importancia se ve así acentuada) teorías explicativas, embrionarias, pero relativamente explícitas y formalizadas, acerca de la progresiva evolución de las sociedades humanas (una especie de física social que no siempre escapa al determinismo). Las realidades demográficas y económicas (especialmente el comercio) ocupan un papel importante en esas reflexiones (así, en Campmany), en consonancia con el dinamismo de la época en esos aspectos. Montesquieu marca la pauta en el esfuerzo por edificar, para el mundo humano, una ciencia análoga a la del mundo físico. Es lógico, por ello, que se encuentre insuficiente la anterior historia político-factual. Se prefiere también, en muchos casos, un tema de estudio extendido en el tiempo y en el espacio, que permita más perspectiva comparativa: Gibbon elige a Roma, Voltaire la historia universal desde Carlomagno, Robertson sintetiza la historia europea medieval.

Un tercer aspecto, no menos importante, distingue a la historiografía ilustrada de la renacentista y barroca: sus autores tienen, por lo general, una actitud más crítica hacia el poder monárquico establecido y son algo más independientes de él en cuanto a su patronazgo. En mayor medida que en la época anterior, los historiadores-filósofos de la Ilustración contribuyen con sus análisis no sólo a la legitimación del poder sino a la reforma (más o menos profunda) del mismo, en cuanto a los objetos (ideológicos y materiales) que éste persigue y en cuanto a los grupos que los detentan. El hecho de que tanto los liberales, como los socialistas marxistas, como muchos cristianos, puedan sentirse identificados con buena parte de los análisis de la historiografía ilustrada puede interpretarse, a la vez, como testimonio de su vigencia y de la ambigüedad de su mensaje.

Concluyamos con unas consideraciones de conjunto. Es notorio que hay una serie de grandes cuestiones y motivaciones de fondo que reaparecen de continuo en la historia; que se retoman en esa exploración, fascinante e incesante, a través del tiempo, de los contornos de la naturaleza humana. Así, la experiencia de la caducidad y el deseo de perennizarse; la concurrencia de libertad y necesidad en el desarrollo de los acontecimientos; la interrogación sobre existencia o ausencia de progreso hacia una meta que dé sentido a la historia; la preocupación por los orígenes y la legitimación de los distintos poderes, que enlaza con la capacidad humana de solidaridad y las tendencias al enfrentamiento entre personas y grupos, etc. La persistencia de esos leitmotivs por los que los hombres no han dejado de sentirse concernidos es, de alguna manera, una prueba existencial de la permanencia de una misma naturaleza, de un núcleo de humanidad común, el cual hace que consideremos como nuestros, en cierta medida, los relatos y reflexiones de Tucídides, de Clarendon y de Voltaire, por ejemplo. Doblemente nuestros, sin duda, como hombres y como miembros de la civilización europeo-occidental que ellos han contribuido a configurar.

F. Sánchez Marcos