Clío en la Corte

La historiografía de la época renacentista y barroca presenta evidentes continuidades con la historia de la Baja Edad Media. La historia de los reinos y repúblicas la escriben también, por lo general, (en esa época de “acortesamiento” de Clío) consejeros o servidores de los príncipes, para inculcar (mediante los “saludables documentos” de la historia) sabiduría política y moral, ante todo a los gobernantes, pero también a los súbditos. Sigue siendo importante la historia eclesiástica (potenciada por las Reformas religiosas) y la interpretación providencialista (ésta última más explícita en Gómara y Bossuet y como telón de fondo en Guicciardini y Clarendon, aunque sea rechazada de facto por Maquiavelo).

La revalorizada herencia clásica se muestra, a su vez, en otros aspectos de la historiografía renacentista y barroca: el retorno de la retórica en cuanto a la forma del relato, la apelación a la “fortuna” o destino, (especialmente en Maquiavelo), los “caracteres” plutarquianos (de Clarendon, por ejemplo), la atracción de Roma (como gran tema de estudio y entronque legitimador de los pueblos y dinastías).

Sin embargo, no todo es herencia recibida en la historiografía de los siglos XV-XVII. Hay también importantes novedades, hasta el punto de que algunos ven en ella el inicio de la historia moderna. Así, la noción de que la evolución en el tiempo de un grupo humano se plasma en las mutaciones de sus testimonios escritos (“anacronismo” de Valla, aproximación protohistoricista en la histoire parfaite francesa, necesidad de verificar la autenticidad de documentos mediante ciencias auxiliares de la historia de Mabillon). Este relativismo cronológico, se refuerza y complementa con el geográfico-cultural (en un mismo tiempo, dos pueblos pueden vivir de formas muy diferentes).

Dicho relativismo (insinuado ya en Heródoto) es consecuencia de la muy ampliada profundidad de campo geográfico que tienen ahora los europeos en su visión de la naturaleza humana, tras la gran expansión ultramarina. Las relaciones históricas que, desde fines del siglo XV, dan a conocer culturas y pueblos muy distintos (en África y América) estimulan las reflexiones comparativas y una historia no simplemente política, sino global, de la civilización (preconizada ya por Bodin). Hacia 1600, en Acosta y otros, comienza a madurar una filosofía evolutiva de la cultura. La exploración de los confines del globo estaba contribuyendo a una exploración, también desde la perspectiva temporal, de los dilatados confines del hombre; así como a un nuevo enfoque, más antropológico-cultural, de la historia. Pero el relativismo cultural, aún moderado, quedaba subsumido habitualmente en las convicciones del jusnaturalismo cristiano: la comunidad de naturaleza y de vocación trascendente del género humano.

Otra novedad no menos importante en la época del Renacimiento y del Barroco: la extensión a capas sociales nuevas (juristas, comerciantes) de la lectura y del gusto por la historia, así como los medios para conocer ésta (incluso diccionarios y otras obras de erudición, ya a fines del siglo XVII). Todo ello gracias a la existencia de la imprenta y de otras condiciones para una cierta difusión de la cultura general, en los medios urbanos de la más dinámica Europa occidental. Por otra parte, la mayor presencia de hombres de formación jurídica entre los autores de obras históricas potencia la aspiración a encontrar leyes en la historia y a ser más exigentes en el análisis de las pruebas (testimonios y vestigios literarios o materiales). Esta mayor exigencia se ve agudizada por el reto epistemológico cartesiano. El cambio de clima historiográfico es tal que, para los últimos decenios del siglo XVII, cabría quizás hablar de los inicios de una historia razonada, metódica y preilustrada; junto a la historia mayoritaria, representada por un discurso histórico bastante retórico, edificador de la legitimidad monárquico-dinástica y nacional, más propenso a la mitificación.

F. Sánchez Marcos