El Bautismo de Clío

Tomando como punto de partida la historiografía clásica grecorromana, vemos ahora qué continuidades y mutaciones observamos en la historia propia de la Cristiandad occidental en la Edad Media. Desde luego, hay entre ambas suficientes continuidades para que la identidad del término corresponda a una fuerte analogía del contenido: investigación y relato de los hechos pasados realmente acaecidos, centrada en la propia comunidad política, para enseñanza moral y de gobierno, llevados a cabo por hombres (género masculino) cultural y socialmente relevantes, con frecuencia “bien nacidos y educados en el comercio de los negocios importantes” (como dirá después Montaigne, refiriéndose a Commynes).

Sin embargo, quizás sea entre la historiografía del mundo clásico y la de la Cristiandad medieval donde observamos la mayor mutación. Una mutación, sin duda, mayor que entre ésta y la de la etapa renacentista-barroca. Un cambio de mayor entidad también, probablemente, que el sobrevenido entre la historia de la fase renacentista-barroca y la historiografía ilustrada. El bautismo de Clío significa un gran cambio de enfoque, en distintos aspectos, en la consideración de la aventura humana personal y colectiva. Gran mutación, sobre todo, si fijamos la atención en esa historia altomedieval, escrita al abrigo de los claustros.

Cambio en cuanto al contenido: la historia de la salvación, de la cristianización, de la santidad (historia religiosa y eclesiástica) preside o se añade a la historia de la evolución política. Por lo que respecta a la finalidad, la reflexión sobre la mutación y fragilidad de las construcciones humanas (“maquinas transituras”) tiene una finalidad de edificación religiosa, antes que de aprendizaje político. Lleva no a la imperturbabilidad estoica sino a la humildad y la esperanza cristianas. Aparece ya, claramente, la primera “consolación por la historia”, la de Agustín de Hipona y Otón de Freising. Porque la saturación teleológica, finalística (la historia humana es un peregrinaje y se orienta unitariamente hacia una plenitud total y futura ofrecida por Dios) es característica fundamental de la historiografía medieval, claramente contrapuesta en esto a la clásica.

Este universalismo virtual de la historiografía de la Edad Media, reflejado en las crónicas generales o universales, no obsta para que en el conocimiento de los procesos y hechos históricos concretos la profundidad de campo geográfica no haya variado sustancialmente respecto a la de la historiografía grecorromana. Hasta fines de la Edad Media la Cristiandad occidental es un mundo geográficamente enclavado, apenas entreabierto por las Cruzadas. En cuanto a la dimensión cronológica, el interés por las primeras etapas de la humanidad, desde sus orígenes adánicos, no se corresponde con unos métodos ni unas fuentes (a no ser los relatos bíblibos) aptas para satisfacerlos.

Si nos fijamos en las características y cualidades del relato histórico, junto a la veracidad y claridad, que siguen siendo buscadas, nos aparece (en contraposición también con la historiografía clásica, retóricamente más elaborada) una fresca simplicidad al modo bíblico, sea en las narraciones autobiográficas (Muntaner y Commynes) o en las obras apoyadas en testimonios ajenos (como las de Beda, Otón de Freising y Alfonso X).

El cambio de valores y de protagonismo social incide también en los autores de la historiografía medieval: los eclesiásticos (monjes y obispos) se añaden a los gobernantes o nobles cultos, para escribir historias que, de modo inmediato, siguen llegando, en la mayoría de los casos, a un público bastante reducido, pues ni el pergamino ni el papiro se reproducen con facilidad en unas sociedades muy mayoritariamente analfabetas.

F. Sánchez Marcos